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domingo, 16 de julio de 2017

MI EXPERIENCIA EN EL CAMINO DE SANTIAGO

Hace unas semanas hice el Camino de Santiago con mi instituto. Sí, ya puedo decir que he sido peregrina. Y es que hay quien dice que el Camino de Santiago es de esas cosas que hay que hacer al menos una vez en la vida.

Cuando nos recogió el autocar para ir a Galicia, concretamente a Triacastela, no estaba muy animada. Me había apuntado porque me habían convencido, pero al final no me apetecía nada ir. A mí esta clase de actividades tan sociales me ponen un poco nerviosa. Nos habían organizado en grupos pequeños para realizar ciertas tareas y talleres, y no conocía a ninguno de mis compañeros, ya que soy nueva en el instituto. Estaba un poco agobiada. Iba con mi amiga Alice, pero estaba de mal rollo con el chico de la entrada de "mi primer beso", y demás movidas varias. Vamos que, empecé con mal pie.

Sin embargo, la experiencia me sorprendió para bien. Me lo acabé pasando genial. Los paisajes eran maravillosos, propios de la Galicia más profunda. Pasamos por multitud de pueblecitos pequeños, donde los lugareños nos contemplaban curiosos. Seguro que pensaban: ¿Otro grupo de críos peregrinos que osa perturbar nuestra paz?

Ejem, siento no haber hecho una foto mejor de los paisajes... 
 
La gente estaba distinta, mucho más amable y unida. Será porque el dolor y el sufrimiento unen corazones. Y es que no exagero al decir que estábamos todos EN LA MIERDA. Creo que pocos de nosotros estábamos acostumbrados a andar 20 km diarios de media. Yo, desde luego, estaba en bajísima forma. No podía con mi alma. Me costó Dios y ayuda completar todas las etapas, especialmente una en la que caminábamos nada más y nada menos que 30 km. Cada vez que recuerdo el dolor...
Bromeábamos con que éramos el club del geriátrico. ¡Deberíais habernos visto! Parecíamos los abueletes del Camino, cojeando, gimoteando, quejándonos como si tuviéramos 90 años. Andábamos como si nos hubieran enculado, vaya
Algunos acabaron "lesionados" de la rodilla, otros del pie, otros simplemente se paraban a mitad de camino porque no podían más. En fin, que se palpaba nuestra agonía. 

Eso sí, el Camino saca lo mejor de las personas, sin lugar a dudas. Cuando no podía dar un paso más y me fallaban las piernas, siempre tenía a alguien junto a mí que me daba ánimos, tiraba de mí o me sujetaba. Incluso gente con la que no me llevaba o no conocía de antes. Se paraban a mi lado y me preguntaban: ¿qué tal estás, necesitas ayuda? Teníamos un clima de buen rollo y compañerismo. 

Otro punto positivo es que el Camino es una ocasión idónea para conocer gente o intimar con tus amigos. A veces me ponía a hablar con peregrinos que no conocía de nada, o que venían de otros países. Me ha encantado conocer más (aunque no me haya hecho súper amiga) a ciertas personas... 
Con los chicos del grupo pequeño, que eran prácticamente extraños para mí, también me acabé llevando bien. El monitor nos preguntó que cuáles eran nuestros mayores miedos. Todos contestaban cosas típicas como "el fracaso", o "suspender." Yo, sin embargo, abrí mi corazón un poco más. Les conté que era una persona llena de inseguridades y que me afectaba mucho la opinión de los demás. Sorprendentemente, empatizaron mucho conmigo y se pusieron a darme consejos y a ayudarme. Fue muy bonito, la verdad.

Había un monitor simpatiquísimo que compartía mi gusto por el cine, y se sorprendió mucho al saber que había visto Lady Snowblood (mirad la entrada de Meiko Kaji), película de culto japonesa. Nos caímos fenomenal. Me sinceré con él y le conté todos mis problemas, incluso mis trifulcas amorosas con "el chico ese." Nuestra conversación fue variando desde películas japonesas, psicología, psicópatas, hasta disertaciones filosóficas sobre la vida. Es una lástima que probablemente no lo vaya a ver más. Pero creo que es de las personas más agradables que he conocido. Podríamos haber sido buenos amigos en otras circunstancias. 

Me sentí totalmente integrada en el grupo con el que íbamos Alice y yo. Era una pandilla enorme, y fue genial sentirme parte de un grupo tan grande y divertido. 

Otra experiencia que me marcó fue el "túnel de los piropos". La verdad es que no sé qué nombre ponerle a esta actividad. Digamos que nos hacían ponernos a cada lado de un pasillo, y cada persona iba pasando, mientras los demás le decían algo positivo o bonito. Antes de que fuera mi turno, estaba estresadísima. Mi baja autoestima me hizo montarme una película en la cabeza impresionante. Pero cuál fue mi sopresa al ver que un montón de gente me decía cosas geniales, preciosas. Fue algo muy emocionante y más de la mitad acabó llorando como magdalenas. 
"Eres muy especial", "eres genial, ojalá te abrieras más", "me pareces una chica increíble", "me encanta que pases de todo, es como que te la suda la sociedad", "algún día te veré firmando libros", "me pareces muy buena chica, muy leal", "eres muy inteligente", "gracias por haberme ayudado tanto este año"... Entre otras cosas que recuerdo que me dijeron... 

¡Ah! Y "el chico ese" y yo nos reconciliamos. Nos volvimos a liar, así, sin comerlo ni beberlo. No lo he contado, pero ya es como la quinta vez que nos enrollamos. Y eso que no somos novios ni nada. Veréis, a veces dormíamos todos juntos en polideportivos roñosos, sobre colchonetas. Y dio la casualidad que él puso su colchoneta al lado de la mía. Y por la noche... cuando todo el mundo ya dormía... pasó lo que pasó.

Ahora, por supuesto, hablaré de los aspectos negativos. 
En primer lugar, EL PUÑETERO CANSANCIO. Me dolía el cuerpo y el alma. 
En segundo lugar, la suciedad, la roña, la mugre. Estábamos asquerosos. Olíamos a mierda. Normal, con todo lo que sudábamos, y luego encima teníamos duchas carcelarias de agua fría.  
En tercer lugar, los polideportivos donde dormíamos. ¿Que por qué esto es un aspecto negativo? Por el estado en el que se encontraba todo. Las colchonetas llenas de manchas de grasa y de otras sustancias de origen indeterminado, las duchas con churretes y roña acumulada (allí podía haber diez tipos diferentes de enfermedades venéreas) y con agua recién traída del Polo Norte... 
En cuarto lugar, pero no menos importante, LA LLUVIA. No veas cómo llueve en Galicia. Sé que esto no es una novedad, pero caminar 25 km bajo una lluvia torrencial y pisando barro (incluso nos encontramos una rata muerta por ahí) no es muy placentero.
En quinto lugar, unas señoras ucranianas o algo así me robaron 20€ en pleno camino. No daré más detalles. Cuidado con la gente que anda en sentido contrario... Sus intenciones no suelen ser buenas.
En sexto y último lugar, nos metieron en un auténtico campo de concentración la última noche. Mira que pasamos por albergues cutres, pero ese en concreto se llevó la palma. Hacíamos coñas con que estábamos en Auschwitz, y que era el campo de exterminio de Santiago. Os juro que no vi ninguna diferencia entre nuestras habitaciones y las celdas de una cárcel. Aunque esto no me molestó demasiado, hasta me hizo gracia. 

En definitiva, ¡una experiencia genial y súper divertida! Me sentí totalmente liberada cuando por fin llegamos a Santiago. Me dio cierta pena despedirme de todos, habíamos estado muy unidos. Quizás dentro de un tiempo vuelva a hacer el Camino otra vez, pero por ahora creo que me tomaré un buen descanso... Si no lo habéis hecho todavía, os animo a que vayáis con vuestros amigos, no os arrepentiréis. Al final, el agotamiento y el dolor de articulaciones es lo de menos. La sensación de superación personal que te queda lo compensa todo... 

 La catedral estaba en obras...



Mirad el caracolillo que me encontré. 
Galicia, tierra de caracoles. Me encantan.
 

¡Hasta otra! ;)

1 comentario:

  1. ¡Qué guay! Ojalá hiciesen algo así en mi instituto xD

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